TESTIMONIO A FAVOR DE LA SANTIDAD DEL PADRE LUIS QUERBES

 

Soy Diego Millán García, de 47 años, sacerdote de la Congregación de los Clérigos de San Viator, actualmente trabajando en el colegio San Viator de Madrid.

 

Primeramente quiero confesar que en mis primeros años de vida religiosa nunca sentí no admiración ni veneración por la persona de Luis Querbes. Me quedaba con los aspectos de su persona más oscuros y reaccionarios: un hombre de duro carácter, de ideas ultramontanas en lo referente a la espiritualidad y a su concepción de Iglesia, antirrevolucionario y que no destacaba precisamente por actos demasiado notables o heroicos. En ese tiempo no me preocupé de profundizar en la vida de nuestra Fundador ni de comprobar si eran ciertos todos esos prejuicios.

 

Mi primera peregrinación a Vourles en 1975, siendo yo novicio, no quedó especialmente marcada por la devoción querbesiana, sino por el recuerdo de mi primera visita a Taizé.

 

Fueron las posteriores visitas a la fuentes de la fundación en Vourles, Lyon y Rodez las que me fueron poco a poco cambiando la imagen del Padre Querbes y empezando a vislumbrar en ella las huellas de heroicidad y santidad.

 

Los segundos pasos en mi proceso de acercamiento y admiración hacia Luis Querbes se dieron cuando decidí elegir el tema de mi tesis de Licenciatura en Teología: la espiritualidad del Padre Querbes. Tuve la oportunidad de leer abundantemente, de consultar documentos originales, viajé a Roma para consultar fuentes, redacté un escrito sobre la espiritualidad querbesiana que pude impartir como charla en unos Ejercicios de nuestra Provincia de España. Lentamente, pero con firmeza y seguridad, se fue afianzando en mí la certeza de que el padre Querbes fue un hombre santo. Entendí que la santidad es un don de Dios, que no es perfección absoluta moral, que se encarna en las realidades históricas adquiriendo diferentes formas y matices. Descubrí que el padre Querbes fue un hombre de una absoluta confianza en Dios, que se dejó guiar por El siempre y que estuvo permanentemente dispuesto a hacer su Voluntad. Dios le inspiró la fundación de la Congregación de los Clérigos de San Viator, que mostraba la profunda sensiblidad del padre Querbes por los pobres y necesitados de su época. Comprobé su dimensión profética al concebir una Asociación de religiosos y laicos comprometidos en una misma misión evangelizadora. Me sorprendí al constatar su espíritu innovador en aplicar la reforma litúrgica de Trento y en el vivir las virtudes ordinarias de la vida cotidiana. Su lema “Adorado y Amado sea Jesús” se me presentaba como el resumen perfecto de toda espiritualidad cristiana: adorar y amar, mística y política, contemplación y acción.

 

Mi conversión definitiva se produjo durante mi estancia en Chile durante ocho años en la misión de los Clérigos de San Viator en aquellas tierras sudamericanas.

 

Primero fue ver la devoción de la gente sencilla que espontáneamente invocaba ya a Querbes como santo y pedía a Dios por intercesión de él. En Chile mucha gente, cercana y menos cercana a la Congregación Viatoriana, tiene al padre Querbes como un santo y lo invoca frecuentemente. Yo me contagié de este espíritu y pasé de la admiración intelectual a la veneración como hombre de Dios.

 

El sufrimiento de una grave enfermedad en marzo de 1997 que me tuvo en coma durante tres días y hospitalizado durante un mes, con pronóstico médico de posible muerte, me hicieron comprobar la fuerza de la intercesión del padre Querbes ante Dios. En los días previos a la caída en coma, compuse una oración que quiero reproducir como expresión de mi confianza absoluta en la intercesión de Luis Querbes:

 

“Señor y Padre Nuestro, que en tu infinita misericordia y amor

nos enviaste a tu Hijo Jesucristo para salvarnos

y sanarnos de todo pecado y enfermedad,

y que a lo largo de la historia, por obra del Espíritu Santo,

has suscitado en tu Iglesia hombres y mujeres santos

como tu siervo Luis Querbes, fundador de los Clérigos de San Viator,

 

TE PIDO, POR SU INTERCESION,

QUE SI ES TU VOLUNTAD,

CURES A ESTE HIJO TUYO, DIEGO,

DE ESTA GRAVE ENFERMEDAD QUE LO AQUEJA.

 

Te lo pido para que se manifieste tu gloria y tu bondad,

para que pueda ser beatificado el padre Querbes

y para que el mundo, viendo la fuerza de tu poder salvador,

crea y te bendiga por siempre.

En unión con la Santa Virgen María, con San Viator

y todos los Santos, te pido este favor para que:

ADORADO Y AMADO SEA JESÚS. AMÉN”.

 

Recé esta oración todos los días anteriores a caer en coma, la siguieron rezando muchas personas y la he seguido rezando diariamente durante años.  Hoy en día la tiene y la reza mucha gente chilena y con ella invocan a menudo la intercesión del padre Luis Querbes, signo inequívoco de la fe que allí hay de su santidad.

 

En estos momentos estoy totalmente curado de las secuelas de aquella grave enfermedad que se presentaban como irremediables, especialmente las derivadas de la meningitis, la encefalitis infecciosa y la inflamación excesiva del hígado.

 

Al volver a España, siento que mi convicción sobre  la santidad del padre Querbes se ha afianzado totalmente y me he comprometido a extender esta convicción a todas las personas que me rodean. Sé que la santidad oficial la define la santa Iglesia Católica, pero en mi corazón y en el corazón de muchas personas está la certeza, que viene de la fe, de que el padre Querbes encarnó en su vida el espíritu del Evangelio en un alto grado de heroicidad. Pienso además que como párroco y fundador es hoy un modelo de vida para toda la Iglesia universal, válido especialmente en esta época nuestra que requiere de convicciones fuertes de fe y de creatividad en la manera de encarnar el mensaje cristiano. Su valoración de los laicos, su apuesta por la educación, su sensibilidad hacia los pobres, expresada en el otro lema de la Congregación: “Dejad que los niños vengan a mí”, su disponibilidad a la voluntad de Dios, su profundo espíritu de oración y de fe, su vivencia de la vida ordinaria como campo de la experiencia de Dios, su amor a la Biblia, su entusiasmo por la catequesis, su osadía cristiana de confiar en la Providencia contra toda esperanza, su valentía en el envió de misioneros a tierras lejanas de América y de la India cuando apenas contaba con religiosos para atender las misiones de Francia, su dureza en la defensa de la sana doctrina y a la vez su ternura y comprensión para con las personas, la fortaleza en llevar su propia enfermedad y las contrariedades que conllevaron las diferentes etapas de la Fundación, todo ello manifiesta, según yo creo, que estamos ante un hombre que se hizo transparente a la gracia de Dios y se hizo luz y sal para su generación y las generaciones posteriores.

 

Madrid, a 1 de Septiembre de 2004

 

P. Diego Millán García. Clérigo de San Viator.